CHARROS DE JALISCO: Una tradición mexicana que debes vivir

No sabíamos que íbamos a terminar llorando en un ruedo; pero tampoco sabíamos que un sombrero tan bien puesto podía llevar tanta historia y orgullo, de un país. 

Hay viajes que te enamoran por su paisaje, otros te sorprenden por su comida, otros te cautivan por sus experiencias. Pero hay un tipo de viaje muy distinto, él que te mueve por dentro. Ese que te deja con la sensación de haber conocido a alguien que no se va a ir de tu vida así nomás. A nosotros eso nos pasó cuando conocimos a los Charros de Jalisco.

Todo comenzó con una invitación a conocer Jalisco desde adentro, desde una mirada que pocos tienen el privilegio de regalarse. No desde la típica postal o la foto en Instagram, sino desde su gente y sus tradiciones;  sus playas, montañas, tacos, tequilas, sí… pero el alma del viaje fue otra.  El alma estaba en los ojos de quienes hoy llamamos amigos Jorge y Chuy, dos hombres que, con voz pausada y mirada profunda, nos abrieron la puerta a un universo que no sabíamos que existía: la charrería.

 Honestamente no, no sabíamos nada. (para nosotros todos eran “mariachis”) unos a caballo y otros con instrumentos, pero qué gran confusión teníamos. 

En Colombia, cuando uno escucha la palabra “charro” piensa en cosas que no tienen nada que ver al contexto mexicano;  “Charro” puede ser alguien gracioso, alguien ridículo o alguien aburrido (todo depende de la región). Pero en México, un charro es otra cosa.  Es historia, es identidad, es un título que no se pone, se hereda o se lleva en el alma. 

Cuando llegamos al Lienzo Charros de Jalisco, nos recibió un hombre de sombrero imponente y botas que parecían talladas a mano. Nuestra primera impresión es que este era un mariachi, pero un saludo, sus palabras hicieron que pronto entendiéramos la diferencia: El mariachi canta, el charro monta, pero ambos emocionan; ambos son Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y ambos son una forma de decir “aquí estamos” con el corazón tapatío lleno de orgullo en el pecho.

Para quienes no conocen, La Charrería es deporte nacional, es orgullo familiar y es una tradición que se hereda; se disputan 11 suertes, —así se llaman las pruebas— son hermosas coreografías de respeto, valentía, y confianza entre humano y animal. Les apasiona ser charros, así no vivan de ello.  En el mundo hay al rededor de 850 asociaciones registradas, 1200 charros en todo México y unos 450 en EE. UU.  

Subimos a una especie de salón de madera y ahí nos contaron todo; que la charrería nació de los trabajos de campo, del manejo del ganado, de la necesidad de convivir entre las grandes haciendas, los ranchos y los rancheros; que con el tiempo se volvió deporte; que los trajes tienen historia, cada bordado cuenta algo; que algunos charros cantan, pero no todos son mariachis; que los caballos no son caballos, son compañeros, son parte de familia.

Y cuando creímos que lo habíamos vivido todo,  llegó el momento de pasar a la acción: Sombrero en cabeza, soga en mano, frente a un toro de madera que parecía más de feria que de rancho, nos reímos hasta el cansancio tratando de enlazarlo como lo haría ellos… pero fallamos, una y otra vez, pero esa no era la lección, lo importante no era la soga, era la historia que estábamos sosteniendo con ella.

Y de repente, nos llaman al ruedo, y ahí estaba nuestra sorpresa mayor, respirando fuerte, mirándonos con desconfianza, una ternera, real, viva, vibrante, y nosotros con las piernas temblando nos dimos cuenta de que esto no era un show. Esto era la vida real, la vida de campo, la tradición que se respira, se suda y se canta.

No sé cuantas veces intentamos enlazarla, pocos lo logramos, pero no importaba, en ese momento ya estábamos todos adentro, metidos hasta el alma en una tradición que no entendíamos del todo, pero que empezábamos a sentir como propia.

Terminamos entre abrazos y risas; subimos al comedor de nuevo —ese lugar que también es salón, escuela, reunión, altar— y ahí, con un buen tequila, una guitarra y la voz rasposa de Jorge, cantamos una de sus canciones favoritas “Pero sigo siendo el rey”, entendimos algo muy profundo:

Esto no es un disfraz, no es una atracción turística, es una herencia, es una forma de amar la tierra donde naciste.

Y ahí fue cuando a nosotros —una pareja colombiana que siempre compara lo vivido con lo que nos corre por las venas— nos cayó el veinte (como dirían en México). Lo que los charros son para México, son los silleteros para Colombia. Hombres y mujeres que llevan flores, ellos a caballo, nosotros caminando, pero siempre con dignidad, con orgullo, con lágrimas a veces, pero siempre con la cabeza en alto, porque detrás de ambos no hay folklore barato, hay familias, trabajo y una tradición que con los años sigue viva, que no se disfraza, se encarna.  

Jorge y Chuy nos enseñaron eso, y por eso queríamos escribir esta historia, porque queremos que más personas vivan esta experiencia, que más gente entienda, que el turismo también puede ser memoria, respeto y emoción.

Así que si alguna vez visitas Jalisco, busca a los Charros de verdad. No solo los de la postal o un souvenir. Busca a los que te cuentan su historia con el corazón hinchado de felicidad,  Los que todavía te abren la puerta de su casa, del ruedo y de su familia.

Y si los encuentras, dales un abrazo de nuestra parte; porque como decía Alberto Lleras Camargo, “Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir” 

A veces uno cree que viajar es ver cosas nuevas. Lo más poderoso que te puede pasar es reconocerte en algo que creías ajeno. Nos pasó con la charrería. Nos pasó con Jorge y Chuy. Nos pasó con Jalisco que es México. 

si te emociona incluir esta actividad en tu itinerario, te dejamos el link de reserva y dale un saludo especial a los Charros de nuestra parte. Y si te animas a seguir descubriendo la magia de Guadalajara, te dejamos un FREE TOUR (clic aquí) superrecomendado, porque descubres la magia y la historia de toda una ciudad que para nosotros es icono mexicano.